Melinda Haynes dijo:

"Forget all the rules. Forget about being published. Write for yourself and celebrate writing".


Seguiré el consejo de Melinda Haynes.

3 de enero de 2010

1

CAPÍTULO NUEVE. Días normales.

“No conozco nada más divertido que la imprudencia”, dice una frase de un libro que leía. Pero el autor de “La mecánica del corazón” olvidó mencionar que las consecuencias de las imprudencias no son tan divertidas… Estaba recibiendo mi merecido por la noche de la fiesta. Temía a Santiago y las chicas seguían sin hablarme. ¿Cuánto tiempo más aguantaría estar así? Marzo ya estaba comenzando y mi energía, por los suelos.

Mis notas habían mejorado, es cierto, pero sólo porque no tenía nada más que hacer que estudiar. Rodrigo, Mariana, Pablo e Isabela me hablaban, pero ninguno era como Marcela o Bea.
Debía, entonces, intentar olvidarme de ello y concentrarme en otras cosas. El cumpleaños de Pablo se estaba acercando, por lo que pensé prepararle algo. No una fiesta, nadie vendría después de la que ya había organizado. Pero un pequeño pastel y una tarjeta era algo. Pablo se había portado demasiado bien conmigo, ni siquiera lo que de verdad me merecía, así que le tenía que agradecer con más que sólo palabras.

-¿Me llevas al súper mercado, tía?
-En este momento no puedo, tal vez en una media hora. ¿Qué necesitas?
-Preparar un pastel –respondí-. No es para mañana, sólo para tener preparados los ingredientes. También papel y cosas para decorar.
-¿Quién cumple años? –se interesó.
-Pablo –me miró extrañada. Mi tía no estaba muy enterada de todos los problemas que tenía, y creía que la ausencia de las chicas era temporal. Pero tampoco sabía que Pablo y yo nos llevábamos bien-. No es que hayamos sido enemigos alguna vez, tía. Aprendí a conocerlo, como me dijiste.
-Claro, claro. Bueno, te aviso entonces cuando esté lista para ir.
-De acuerdo. ¿Tú también necesitas ir?
-Así es –me dijo-. Tengo que preparar una buena cena. Tenemos visita esta noche.
-¿En serio? ¿Quién? –me emocioné. Era algo estresante sólo tener a mi tía en la casa.
-Un amigo mío, no lo conoces –la emoción se me pasó un poco.
-¿Tiene hijos al menos?
-No, qué va. Su esposa murió y no dejó hijos.
-Qué espantoso. Igual me alegro que no estemos solas para la noche.

Subí a mi habitación a cambiarme. Sonó el teléfono y era Mariano, pidiendo que por favor entrara a la computadora, para conversar por Messenger.

-Resulta que no tengo, por si no te acuerdas –le dije.
-Lo sé, pero esperaba un milagro. Tengo que contarte algo.
-¿Qué?
-Cecilia, Cecilia –suspiró. Cecilia era un chica de segundo curso que le gustaba a Mariano muchísimo. Era rubia y un poco baja, muy bonita.
-¡Pues cuéntamelo por aquí! –exclamé.
-No puedo, tengo a muchas personas merodeando por aquí. ¡No quiero que todo mundo se entere!
-De acuerdo… ¿Nos encontramos en el súper mercado? –sugerí.
-¿Bromeas? ¿Por qué el súper mercado? –rió.
-Tengo que comprar algunas cosas. Por favor, ni que tan lejos te quedara.
-De acuerdo, de acuerdo –volvió a reír.



Compré las cosas en el súper y me encontré con Mariano, que llegó tarde. En resumen, lo que me quería contar era que Cecilia saldría con él el próximo viernes, como amigos pero solos, sin compañía de nadie. Irían por un café o sólo a caminar, tal vez al cine. Me alegraba por Mariano, ojalá le fuera bien. Estaba emocionado.

Ya en mi casa mi tía se esmeraba preparando la cena y yo matando mi cerebro pensando qué le podía hacer a Pablo. Me decidí por una tarjeta sencilla y pequeña, ya que no habría mucho que escribir. El pastel sería un tiramisú. Isabela me había dicho que era uno de sus favoritos, así que esperaba que le gustara. Pero sería tonto preparar el pastel de una vez, porque todavía hacía falta una semana para la celebración.

Sonó el timbre de la puerta. Era el amigo de mi tía, un señor alto y elegante, llamado Francisco, y su apellido saber. La cena fue algo entretenida, él nos contaba cómo era ser doctor. A mí nunca se me pasaría por la cabeza decidirme a estudiar Medicina. La detesto.

Volvió a sonar el timbre. ¿Quién sería? ¿Pablo? Qué va, ni que necesitara algo de mí a las nueve de la noche. Salí a abrir pues mi tía ni se dio cuenta que tocaron, ya que estaba muy metida en una conversación con el señor Francisco. Pero cuando lo hice pensé que debí haber ignorado el timbre también.

-¿Qué haces aquí, Santiago?
-¿Qué crees que hago? –sonrió.
-Si la respuesta es venir, convencerme de ir contigo a una disco y luego llevarme a tu casa, entonces no, gracias –borré la sonrisa de su boca.
-Ay, por favor. Ni que no te hubieras divertido.
-Escucha, tengo cosas que hacer. ¿Me vas a decir algo que me interese o mejor vuelvo a entrar a la casa?
-Quería pedirte perdón –dijo.
-Olvídalo –estaba a punto de cerrar la puerta en su cara, pero la detuvo.
-Es en serio, Regina, quiero pedirte perdón.
-Pues hazlo.

Pareció dudar un poco pero siguió.

-¿Perdón? –dijo sarcásticamente.
-¿Encima te burlas? Igual no te iba a perdonar. Así que, con permiso, me entro –y le estampé la puerta. Oí que me pedía que abriera, pero ya había llegado al comedor, pedí disculpas por el tiempo que tardé y me senté como si no hubiera pasado nada.

“Tonto Santiago. Todavía se atreve a venir a verme y disculparse”. Ahora sí ya no prestaba atención a todo lo que esos dos adultos conversaban. Terminé de cenar y luego me levanté excusándome que tenía tareas por terminar. Sí, claro, terminar tareas la noche del sábado. Lo que sí tenía que terminar era la tarjeta de Pablo, para después no atrasarme.

Un rectángulo azul con las puntas redondeadas y unas líneas verdes por encima era el “gran” trabajo manual que había logrado realizar. No era mi culpa que no fuera buena para las manualidades… En cualquier caso el pastel lo compensaría todo. Me dormí pensando en esto y con un gran desorden en el cuarto.

A la mañana siguiente me llevé una gran sorpresa. Mamá y Sofía habían venido a verme. Preparamos un gran desayuno y yo, orgullosa, le mostré a mamá las notas que había logrado obtener. En comparación con mis antiguas notas, las actuales eran muy altas.

-¿Y cómo vas con las amistades? –se preocupó mi madre. Era natural, quería saber si al menos ahí no me estaba juntando con mala compañía.
-Ehm… pues bien –fue lo único que respondí. Mi tía me salvó contando lo bueno que eran los chicos ahí y que no se qué.

Más tarde salimos al centro comercial. Almorzamos ahí y mi hermanita se compró un estuche verde de lápices que le encantó. Cuando regresamos a la casa, mi mamá se acercó a la parte trasera de su auto. De repente sacó un paquete enorme, un regalo. Me emocioné, pero luego pensé que era más probable que fuera para mi tía que para mí, para agradecerle todo lo que ha hecho. Y ocurrió la segunda sorpresa del día: el regalo era para mí, y era una lap top y un aparato inalámbrico de internet. ¿Acaso estaba soñando?

-Ma… Ma… ¡Mamá! ¡No es cierto! ¡Guau! ¡Esto es increíble! ¡Increíble! –y me puse a saltar como loca. Me paré en seco y pregunté-: ¿Por qué?
-Por tus notas, Regina, y porque ya tienes buenas amistades –sí, tres chicos y una niña… Eso sí era alentador.
-¡GUAAAAAAAAAAU! –corrí a abrazarla. Era lo mejor que me podía pasar en ese momento.

Corrí a mi habitación a probarla. Era genial. Ya tenía Messenger instalado, por lo que inicié sesión como no conectada y rápidamente me apareció la invitación de amistad de los amigos que había hecho en mi pueblo, que ya me habían agregado antes que yo a ellos. Le di aceptar a todos sin saber exactamente quien era quien. Luego vi quiénes sí estaban conectados. Sin contar a los del pueblo, tenía a ocho antiguas amistades. Preferí quedarme como no conectada.

Llegó la noche y mi madre tenía que partir. Les preguntamos por qué no se habían quedado a dormir, pero tenían mandados que hacer al día siguiente. Mi tía y yo las despedimos y luego volví a subir rápidamente a mi cuarto, a la computadora.



Happy Birthday, Pablo! –lo despertamos Isabela y yo la mañana del sábado siguiente. Le tiré su tarjeta en la cara e Isabela se tiró ella misma a abrazarlo. Pablo estaba muy asustado.
-¡Ah! –gritó-. Ah, hola, chicas. ¡Vaya! Gracias –dijo al ver mi sencilla tarjeta y a Isabela dándole besos.
-Cámbiate y baja, Pablo. Tenemos cosas para ti –le decía Isabela.
-De acuerdo, ahora me cambio.

Había dormido sin camisa, sólo en bóxer, por lo que creí que era el momento para salir, tal vez él no quería estar así delante de mí. Pero pude ver sus abdominales y el resto de sus músculos. Pablo tenía un gran cuerpo, pero al mismo tiempo no era robusto y gigante. Decidí salirme de ahí antes que mi cara se pusiera roja como tomate y comenzaran a molestarme.

En la sala habíamos arreglado algunos regalos, el pequeño pastel que yo le había preparado y el que su familia le hizo. Pablo bajó ya más despierto y con una camisa roja.

-Al parecer se esforzaron –rió. Era una risa encantadora…
-Obviamente –lo fulminó Isabela con la mirada, como toda una sabelotodo.
-Feliz cumpleaños, Pablo –le sonrió su madre-. Tu padre está trabajando, si regresaras temprano a casa y te despertaras igual de temprano, te habría podido saludar.
-Lo siento –volvió a reír.
-Así que… ¡dieciséis! –exclamé, y luego me puse a cantar el pedacito de “Sweet sixteen” del programa de MTV.
-No molestes –me empujó jugando-. Qué pequeño soy –se preocupó.
-Disculpa, pero yo apenas tengo quince.
-Bueno, pues que pequeña eres –se encogió de hombros.

Como eran las once y media de la mañana, decidimos dejar los pasteles para más tarde. Era la hora de abrir los regalos, y Pablo, de repente, se volvió un niño en navidad. Tenía una cara de fascinación cada vez que era el turno de abrir uno. Sus padres le regalaron un Ipod, un juego para Wii (los hombres y su obsesión por esas cosas) y unas bocinas. También cosas más pequeñas como un estuche para su cámara y un libro.

-Increíble, mamá. Me encanta todo. Aunque habría apreciado un auto, también –parecía más interesado en el nuevo estuche que en las otras cosas.
-Tendrás un auto cuando lo tengas. Tranquila, es normal –me dijo su madre al ver mi cara de curiosidad por tanta pasión hacia el nuevo estuche.
-Si no quieres el Ipod, me lo llevo yo, Pablo –bromeé.
-Ah, ¿están hablando que me interesa más el estuche? Bueno, es que es para mi cámara. Debe estar bien cuidada, es mi hija única.
-¿Tu cámara? ¡Qué loco! ¿Y no tiene nombre? –pregunté.
-Así es, la única hija que tendré en la vida. Y no, no tiene nombre, tampoco soy tan gay.

Sonó su celular y era Julio y el resto de sus amigos. Le dijeron que pasarían por él en un momento, así que se alistara.

-Bueno, me largo –dijo cuando colgó. Vio la cara de su madre y se corrigió-: Voy con Julio y mis amigos a alguna parte.
-¿Y esa parte es…?
-No lo sé, alguna sorpresa o alguna broma –estaba recogiendo todas las cosas y se acordó de mí-. Puedes venir, si quieres.

Era una propuesta que me daba tentación. Salir con él y sus amigos a divertirme… pero Isabela tenía una cara que rogaba que me quedara con ella.

-Yo… Creo que me quedaré con Isabela un rato –respondí.
-¿Con Isabela? De acuerdo, si quieres –subió a su habitación y volvió a bajar, ahora con las manos libres, a excepción del nuevo estuche con su cámara-. Adiós, mamá –le dio un beso en la mejilla-. Adiós, Chabela –le dio un besito dulce en la cabeza-. Adiós, Regina, gracias por venir –me dio un beso en la mejilla y una hermosa sonrisa. Dijo un último adiós con la mano y salió por la puerta.



La tarde había transcurrido y yo me había entretenido disfrazando a Isabela. Estábamos en el jardín de mi casa y el carro negro de Julio se acercó. Se miraba topado de personas. Me saludaron y yo los saludé. Pablo bajó de él y también nos saludó, riéndose de Isabela. Luego entró a la casa y salió con algo más, y se detuvo en medio de su jardín observándonos.

-¿Te diviertes? –pregunté. Isabela ahora estaba disfrazada de princesa y yo le daba clases de pasarela.
-Mucho –rió. Luego se puso serio-. ¿Sabes? Serías buena modelo.
-¿Lo ves, Isabela? Te dije que lo hacías bien.
-No hablaba de ella –corrigió Pablo-. No es que no seas buena modelo tu también, Isa –se apresuró a decir.
-Gracias –presumió ella.

Yo lo miré extrañada y también le di las gracias.

-Mañana –dijo señalando su cámara-, sesión de fotos –dedicó otra de sus grandes sonrisas y corrió de nuevo hacia el carro.



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Perdón por no haber publicado!! Es que estuve ocupada!! El viernes tuve visita, ayer también y por la tarde salí. Bueno, la cosa es que ahí está el capítulo! Sigan comentando!

NOTA: cambié algunas cosas en el capítulo 2. Sigue siendo casa de granja pero no funciona como granja, no tiene animales, sólo JellyYogurt. Gracias!! También voy a corregir una parte donde no aparece qué ha pasado con J.Y. Ay les aviso si cambio!!

Revisen la lista de blogs recomendados :P Bye!

1 comentario:

Marcy dijo...

Hola aqui oasando oie esta muy bn el cap ya quiero que publiques haha buenp nos vemos bye:)